Demonizar al mercado es más fácil que entenderlo
Para quienes defendemos la libertad humana, estoy seguro,
resulta frustrante que pocos sean los que entiendan lo que es
un mercado libre. Voy a intentar remediar siquiera un poco esta
situación tomando ideas de Ludwig von Mises, el célebre
economista de la Escuela Austriaca. Vayamos paso por paso,
porque lo arduo no es entender las partes sino el todo. Por principio de cuentas, un mercado libre debe tener propiedad
privada. De lo contrario no lo sería. Propiedad privada de los
medios de producción y, además, libertad de iniciativa de las
personas para producir, distribuir, comprar y vender. Cada
persona actúa de acuerdo a sus ánimos y decisiones, con sus
motivaciones personales. Un mercado libre, por necesidad, debe
tener personas libres y no serían libres si no hubiese
propiedad personal. El mercado libre opera con escasas restricciones a las
iniciativas personales, con leyes y tribunales destinados a
castigar culpables de engaños y fraudes, pero sin regulación
más allá de eso. Si esas leyes el mercado no podría funcionar.
La autoridad debe proteger el funcionamiento espontáneo del
mercado, que es un proceso formado por gran cantidad de
personas que actúan libremente. Esas personas deciden la mejor
manera que ellas piensan que pueden satisfacerse las
necesidades propias y las ajenas también. El mercado libre no tiene “jefe”, ni nadie que lo dirija y
administre. Opera formado por las iniciativas personales, en
una modalidad sincera, espontánea y abierta. Diversos
ciudadanos llegan a acuerdos voluntarios para comprar y vender,
cooperando entre sí. No es un proceso violento, sino pacífico y
basado en la colaboración mutua. Es importante repetir que es
un proceso y no un lugar, lo que usualmente produce confusiones
al pensar que un mercado es sólo un lugar físico. No lo es. Necesariamente, un mercado libre supone que hay división del
trabajo, que es la única manera de que puedan existir
intercambios. Uno produce de más cosas que intercambia por
otras, o alguien vende su trabajo de jardinero o de dentista.
El mercado es necesariamente dinámico y tiene condiciones
cambiantes que son producidas en buena parte por las propias
iniciativas de las personas. Un mercado libre es un proceso
formado por las decisiones de hombres libres que cooperan entre
sí para producir, vender y comprar. La única manera de tener un beneficio personal en un mercado
libre es servir a las necesidades de los demás. No hay otra
manera de ganarse la vida en un mercado libre. Ese mercado
libre es un sistema social fundamentado en la propiedad privada
de los medios de producción, con personas actuando de manera
espontánea, vendiendo y comprando bienes y servicios
especializados, con una autoridad que tiene la responsabilidad
de preservar esa espontaneidad castigando engaños y fraudes. Ahora viene lo bueno. En ese mercado se acuerdan los precios de
los bienes. De allí, por ejemplo, salen las tasas de interés,
que nadie fija en particular, nadie, igual que el precio del
maíz o de algún carro. Un fabricante puede poner un precio para
su producto, pero no es en realidad un precio hasta que alguien
lo compra, que es el momento en el que hay acuerdos de
beneficio mutuo. Esta es la parte que cuesta trabajo entender. Dada la historia mexicana reciente, somos dados a pensar que
los precios los fija la autoridad, como hacía con las tortillas
y otros bienes. En un mercado libre, nadie en particular fija
los precios, sino el proceso de intercambios entre personas que
compran y venden. En un mercado libre, los bancos no fijan las
tasas de interés, ni los cafetaleros el precio del café, ni los
dueños de edificios sus rentas. Eso lo hace el mercado, es
decir, nadie en particular. Eso es lo que es difícil de entender, el que en un mercado los
precios son “naturales”, es decir, espontáneos y sin nadie que
los determine. Igual exactamente que cuando usted pone un
anuncio en el periódico para vender su auto viejo. Usted podrá
poner el precio que quiera que no venderá ese auto hasta que
del otro lado haya alguien que sepa del auto y que le parezca
una buena compra. Ése es el precio natural de su auto y no
necesariamente coincide con el que usted quería ponerle. Ni
usted fijó el precio ni el comprador tampoco. El precio se fijó
en el acuerdo entre ambos. * El autor es mexicano y fundador de AMAYi,
http://www.AMAYi.org. Para suscribirse a Una Segunda Opinión,
sin costo, escriba a eggaspar@amayi.com.
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